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Arturo no está muerto.
Aunque hoy lo estés viendo ahí tendido sobre la hierba y tenga los ojos cerrados, que parece que duerme, o que muere. Aunque lo veas con la cabeza tan rubia descubierta, apoyada en el regazo cálido de Ginebra.
No está muerto.
Malherido sí. Pero no muerto.
Arturo no murió aquel día del año 537 d. C. en su duelo en Camlann frente a Mordred: el sobrino que le había arrebatado el poder en su ausencia y se había casado con Ginebra, su reina. Ni lo hizo entonces ni lo hará nunca en ninguna parte.
Morgana y las demás hadas lo salvaron, ya lo ves, de su suerte en aquel combate que sería el último. Y lo subieron a una barca que era mágica. Y pusieron rumbo a Ávalon para curarlo: allí, entre los espesos bosques de una isla de las manzanas llenita de paz y de nieblas... y de fértiles tierras salpicadas de árboles que dan frutos gigantes, mientras son regadas por un lago de aguas mansas en el que habita una Dama.
La tierra de donde no volverá a salir hasta su retorno.
Porque habrá quien vea nacer el día en que el rey regresará...
✏️ Imagen de cabecera: James Archer, La muerte del rey Arturo (1860)
Este relato apareció publicado, por primera vez, el día 24 de junio de 2012 en mi viejo blog: Cuentos de Brocelianda
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