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Hace horas que Titus B. corre con los ojillos de un libro a otro: del Libro grande al manuscrito cifrado, del manuscrito cifrado al Libro grande. Mordiéndose la lengua de intriga y de placer mientras siente recobrado al fin su lugar en el bosque.
Yo veo pasar el tiempo sentada a su lado pero no muy cerca, que si no, no se concentra. Al menos cien luciérnagas han acudido a la llamada de esas primeras que llegaron a dar luz al duende, y ahora nuestro diminuto rincón del bosque está encendido por un día hecho de mil soles y una luna inmensa.
Espero a que el duende diga algo. A que comparta conmigo un poco de lo mucho que parece estar descubriendo, pero apenas si se le escapa algún ¡ajajá! y palabrejas rarísimas como Voynich… <<¡Ajajá, el manuscrito Voynich! Si ya lo sabía yo. Ya lo sabía yo...>>. Eso dice las veces que dice algo. Cuanto resta lo llena con silencio, miradas de reojo y satisfacción grandísima en la cara. Sabe que me muero de curiosidad y de aburrimiento y tiene pensado dejarme morir un ratito más…
✏️ Imagen de cabecera: autor ¿desconocido? 🤔
El presente relato fue publicado, por primera vez, el día 25 de junio de 2013 en mi viejo blog: Cuentos de Brocelianda.
Para que no se pierdan en el olvido, dejaré que dormiten aquí, bajo estas poquitas líneas, el comentario que recibió en aquel momento y la respuesta que yo le di 🙈, mira:
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