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Dejé de leer cuando el sol estuvo bien alto en el cielo y un reguero de gotitas saladas comenzaron su descenso piel abajo, recién nacidas de mi frente. Ojalá fueran dulces y pudieran calmarme la sed. Ojalá no se deshiciesen al tacto, sino que fueran sólidas como aceitunas y pudieran saciar este estómago hambriento.
Cerré despacio el Libro grande, tratando -siempre tratando- de no hacer ruido. Me levanté del suelo, restregándome con fuerza los ojos para poder abrirlos mucho y contemplar aquel derredor en el que estaba envuelta: el bosque era demasiado hermoso a esa hora. Amodorrado por el rumor de las aguas de un arroyuelo que no discurría muy lejos, tenía el aire vestido de aromas y la piel teñida de un verde intenso. Ni rastro de las sombras que de noche esparce por él la luna. No hubo lugar adonde mirara y no encontrase vida ni rincón en el que hallar silencio. Algunos de los seres que vi habitan el mundo de ahí afuera, tu mundo. En cambio de la mayoría, si alguna vez pudieras verlos, dirías que te son del todo desconocidos...
✏️ Imagen de cabecera: autor ¿desconocido? 🤔
Este relato apareció publicado, por primera vez, el día 30 de julio de 2013 en mi viejo blog: Cuentos de Brocelianda
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